miércoles, 21 de enero de 2009

Capítulo 1

Por la ventana situada paralela a ese asiento de cuero se podían observar las primeras colinas floridas. No había visto caballos, pero ahora a cada tanto aparecían los grupos de equinos, listos para pernoctar en los alrededores. Sí, el sol se ocultaba tras cerros de pasto rojizo, para luego tornarse un cielo muy azul. Las hileras de estrellas parecían mandar un oculto mensaje en ese brillo embriagador. Alex todavía recordaba lo que era incorporarse en el campo abierto y alzar el rostro al cielo, aún podía recordar la sensación de ese universo que a poco se le venía encima, recordándole que podía mostrarle que en verdad la Tierra giraba. Bastaba un momento con la vista clavada en el cielo para comprenderlo, nada más.

Mas allá, las primeras casas de los alrededores del pueblo, muchas aún se mantenían levantadas por la pura fe de sus habitantes. No había temblor que no las agrietara, pero nunca caían. Las casas parecían más grandes ahora, a su regreso. Todo le traía recuerdos, y muchas veces sentía los ojos a punto de derretirse ante tantos lugares, testigos de bellos recuerdos, pero no importaba si lloraba, pues estaba solo en ese vagón, que aún visitaría un par de sitios más.

En un minuto, el viajero se veía en el bosque húmedo cercano junto a Elizabeth; acostados mirando el cielo, sin más colcha que el pasto verde, y sin otra luz que aquellas que vacilaban en décimas de segundos cada vez. Bajo su brazo derecho, ella, siempre en movimiento, como el mar, con la belleza de un colibrí y los ojos que cambiaban de color según donde estuviesen. Camaleón, él le decía. Pero todo era bueno, cuando ella dirijía su mirada hacia él. Esa noche habían hecho un pacto eterno de ser cielo y tierra, ser el barro del que vendrían próximas generaciones. Y por un momento eterno, habían cumplido el juramento.

Muchos años antes, como si de un caleidoscopio aparecieran las imágenes, él pudo ver el primer día de clases de ella, niña tímida de trenzas largas de oscuros cabellos como el azabache salvaje de un caballo que parecía volar en el camino. Así era ella, cuando salía a jugar. Él aún recordaba la forma en que ella se aislaba de todos, y cómo contrastaban sus actos con esos grandes ojos, llenos de amor. Luego habían crecido, Alex no pudo evitar una risita cuando recordó las salidas de la escuela, de cómo los dos volaban a la casa de ella para jugar mucho más que estudiar. Entre juego y juego se habían querido, entre deberes se habían mirado, sabiendo que ese querer era más fuerte que ellos mismos. Una tarde mientras ella se balanceaba en una cuerda con un nudo, Alex la había sorprendido por la espalda, haciéndola caer tan mal que no pudo incorporarse sola. Alex no pudo entender porque entonces podía reír mientras se le saltaban las lágrimas. Ella no lloraba, sólo lo miraba, tirada en la tierra, con sus grandes ojos muy abiertos, demasiado sorprendida como para llorar. Los recuerdos pasaban cual una película que fuera proyectada en la ventana, y así fue como pudo ver la ocasión en que, remando en el bote del río, ella se había enojado con él, porque él decía que los peces no tenían alma, que sólo morían en la sartén, y ya. La nena, hastiada del pragmatismo del joven pescador, había decidido protestar por aquel comportamiento parándose en el bote a manifestar su molestia, con la consecuente caída. Alex entonces le había dicho: "Si te caes, vas a tener que nadar a la orilla" y así fue como ella empezó a nadar, hasta que llegó a la orilla, pálida y boqueando, hasta que pudo escupir el agua que se había tragado. Acto seguido ella se había ido de la playa, y no dirigió ni una sola mirada al chico que la observaba entre atónito y asustado, pero más orgulloso de lo que correspondía. Semanas habían pasado y ninguno daba su brazo a torcer. Ella caminaba a la escuela por la misma calle de siempre, pero llevando audífonos, y él la seguía de lejos. Alex aún recordaba hasta como había terminado todo: caminando hasta la casa de la muchacha, con la caña en la mano, y la frase en los labios: "Te la doy. Ya no pienso que los peces no sientan nada..." y, realmente, ella dejando la caña a un lado, para abrazarlo y darle un dulce beso; el primero de tantos incontables besos de amor.


Ya era una oscura noche, cuando Alex bajó del tren, observando sin mucha prisa los detalles de la estación. Todo seguía como siempre, hasta Rodolfo, el ferroviario seguía ahí, en su puesto sempiterno. Bajó las escaleras, y pudo ver el teatro, lugar antiquísimo como un papiro, donde todo era de la época del espectáculo de Monte Alegre, cuya estrella había sido la primera vedette del pueblo, Helena. Ahora sólo mostraban películas, no había teatro. Las películas también llegaban bastante desfasada, mientras en la ciudad estaban todos los estrenos, para cuando llegaban a aquel teatro, las películas ya andaban por la tercera secuela. La cultura era sólo una más de las asignaturas pendientes del pueblo.

Con el gran bolso con sus pocas pertenencias al hombro, el caminante se dirigió hacia el hogar de la madre de aquella mujer de que venía en busca. Las calles seguían sin asfaltar, y el alegre aroma de los canelos inundaba sus pulmones. Al fin estaba a pasos de ver a la mujer que poblaba sus recuerdos, y su fantasía. A cada momento caminaba más y más de prisa, como si ya pudiera observar a su amada mirarlo con esos ojos mágicos que todo lo endulzaban, y dejarlo todo para llenarlo de abrazos y dulces besos. Cruzó la verja, bastante derruída, y alargando el brazo, tocó la puerta cuyos añejos tablones crujieron a su vez.

Tocó una vez. Tocó dos veces. Tres, cuatro, cinco... ya había perdido la cuenta y el tiempo que había estado llamando así. No había nadie, y Alex tuvo que salir de ahí buscando donde pasar la noche, además que tendría que buscar alguna información acerca del paradero de la familia. Volvió tras sus pasos al centro, y entró a un bar de esos en que no hay más de tres borrachos, pasando el tiempo, pero reconoció al dueño, como un antiguo amigo de la familia.

- Un whisky, por favor.
- ¿Doble?
- Simple, gracias.
- No eres de aquí, claro... Pero en este viejo basurero no llegan nunca turistas...
- Pues claro, -adujo Alex- ni siquiera tienen televisión satelital. -Alex se rió, y levantó la mirada hacia su interlocutor- Zapata, no soy un turista. Y tú no eras dueño de esta porquería cuando te dejé...
- Maldición... ¿eres Alex? ¡Has vuelto, Guzmán! Creí que te habías ido de este chiquero para siempre...
- Eso también pensaba yo... pero aquí me tienes...
- Eres incorregible. Has venido a matar cervatillos... Lástima, muchacho, ya nada es como era... la carne está cada vez más escasa. Las chicas dejan el pueblo, o se casan con esos mineros del pueblo del Monte. Los tipos esos, tú sabes, tienen más labia que cobre, pero con eso les basta.
- ¿Dónde viven los Montero? Vengo de su casa y no encontré a nadie...
- Oh, seguro fuiste a la casa de ese entonces, ellos se mudaron, pero viven a unas cuadras de aquí, la madre de aquella novia tuya, se casó con Gustavo, el dueño de la forestal.
- ¿Gustavo?
- Gustavo Díaz, me extraña que no lo recuerdes, él trabajaba con tu padre en la maderera, era el padre de ese chiquillo, Manuel.
- Ese cretino. No me dirás que ha conseguido lo que quiso toda la vida...
¿verdad?
- No es así, muchacho... - el viejo Zapata bajó la mirada.
- Bueno, tú sabes que vengo a buscar a mi novia. Tengo un trabajo en la ciudad, me he comprado una casa y me está llendo bien, me dieron unas semanas de vacaciones y en lo único que pensé fue en venir a buscar a Elizabeth. No me importa si su madre se ha casado cinco veces, pero necesito ver a Elizabeth, por favor, dame alguna señal de su paradero...
- Ve a ver a su madre. Está a cinco cuadras. Es la casa que está frente al museo. Pero déjalo para mañana, a esta hora nadie te abrirá la puerta. Quiero que te quedes en mi casa esta noche.
- Gracias, Zapata.

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